Carta tras el Dathün: Un viaje hacia el momento presente

Fotos de Mati Guillen

A continuación reproducimos la carta de que hemos recibido de Claudia, joven amiga del Centro de Shambhala de Madrid que hace algo más de un año se  licenció como médica y decidió reorientar su  vida a la cooperación internacional. Este verano participó en un retiro de silencio de quince días, que en Shambhala llamamos medio Dathüm. 

Me pidieron que escribiera sobre mi experiencia del medio Dathün en Alcoy que, para quienes no lo sepan, fue en silencio. ‘’SILENCIO’’. ¿A qué os suena esa palabra? Lo primero que me surge a mí es quietud, ausencia de palabras, de ruidos…

‘’Encontramos intimidad en el silencio al no ser interrumpidos por la palabra. Reconocemos los momentos en que necesitamos salir hacia fuera pero…no podemos. Podemos encontrar placer en la comunicación sin palabras’’

Esto escuchamos el primer día en la primera charla de los profesores…me parecieron palabras bellas, pero lejanas e imposibles. Yo lo que no paraba de pensar era en cuando llegara el día siguiente y tuviéramos que estar todos callados…

Y el segundo día llegó, y el tercero, y el cuarto, y pasó una semana, y otra. Y la realidad de dos semanas en silencio estuvo plagada de sonidos. Ahora sobre todo me viene el ruido de las hojas de los árboles al bailar con el viento, de cigarras por la noche, moscas meditando, pajarillos, cuencos y cubiertos resonando al servir y palillos al comer…todo en silencio.

También hubo paseos sin rumbo (como se dice en Shambhala), tan sin rumbo que de repente me encontraba dando vueltas ‘¿alguien me habrá visto? Espero que no, qué vergüenza..’ Hubo chapuzones en albercas, algunos en silencio y otros no tanto.

La realidad de dos semanas en silencio estuvo plagada de miradas; algunas rechazadas y otras abrazadas con una sonrisa, o varias a la vez. Sí, muchas sonrisas, de las que llenan el cuerpo de calorcito…en silencio. También plagada de abrazos; los recibidos, con apertura; los dados, con mucho amor. Algunos, también con miedo… ‘¿debo hacerlo? ¿o será rechazado? ¡venga Claudia, atrévete!’ Y en otros sentí esa entrega total donde no importa quién abraza y quién es abrazado, solo hay dos seres humanos acogiéndose y respirando piel con piel…en silencio.

Y sobre todo, hubo mucha mucha práctica en el cojín, hasta tener las rodillas reventadas y preguntarte: ‘¿qué hago aquí? ¿en qué momento me he metido en esta movida? ¿estaremos locos todos, aquí sentados sufriendo?’ Pero otros momentos, también en el cojín, al exhalar y dejar ir, de repente me sentía una reina en mi trono, mi espalda recta se continuaba con el cojín y con el suelo, las moscas podían volar cerca y jugar en mi piel, todo estaba bien…Y esos momentos se alargaban cada vez más, hasta ser varios minutos seguidos…y la rodilla volvía a molestar otro poco un ratito…y la mosca…

Profundicé en la técnica de meditación más que en dos años meditando ‘a diario’, pasó de ser un momento fundamentalmente aburrido a un espacio de curiosidad y apertura, de invitación a lo que pudiera surgir y de mucho darse cuenta. Llegaron emociones fuertes; de las que estremecen el cuerpo y encogen el corazón, algunas ya bien conocidas. Poco a poco y día tras día, les fui dando espacio en mi cuerpo y dejando ir en la exhalación…pero no iban muy lejos…a los días volvían…y amabilidad para acogerlas y otra vez espacio, sentirlas en el cuerpo…y poco a poco, dejar ir otra vez…

En las meditaciones guiadas fui montañas; el Annapurna en el Himalaya y el volcán Mombacho en Agua Agria (Nicaragua), los dos grandes y sólidos, fuertes y llenos de vida (y de vidas), rodeados de nieve o sol, grabados a fuego en mi retina, vi pájaros a mi alrededor, águilas moviendo su energía y recorriendo el espacio…Fui esas montañas con lágrimas en los ojos. En la meditación Shambhala toqué el suelo sintiendo mi pecho abrirse y proclamando lo que soy, que aunque (muchas) veces se esconda y no lo encuentre, tuvo sus destellos esos días ‘poc a poc’ y suavemente.

Surgió una conciencia muy constante y a veces abrumadora de mi capullo (como se llama en Shambhala a nuestro ego particular), que en silencio se puede ver en tres dimensiones y con todo detalle. Esto fue duro y me dio miedo, mucho miedo a veces, y me hizo dudar de mí misma hasta llegar a ser paralizante . De lo que no dudé es de los demás ‘compañeros silenciosos’; pude ver despacito y día a día la bondad fundamental en todos, hasta que se hizo clara a los ojos del corazón su única manera de actuar, de mirar, de compartir, de brillar…en silencio.

Claudia

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